Al despertar, estaba asustada. Tenía aruñones en mis brazos. ¿Qué sucedió? Recuerdo que éramos mejores amigas. Desde cuándo. No lo sé, pero pasamos un buen tiempo juntas. Jugábamos en el jardín. Lleno de rosas rojas. Era hermoso. Se miraba hermosa entre ellas. Su carita inocente me traía recuerdos en el instante y se me hacía muy parecida.
Mientras caminábamos, le hablaba de mis cosas. Problemas. A pesar de su edad me entendía. Ella al hablarme me daba un poco de miedo. Entre las pláticas al sentarnos en la grama se puso seria. Como que si la grama hablase para criticarnos. Hacía pausas muy largas cuando hablabas. Tocaba su vestido rojo, como diciendo sin saber de lo que habla. Miraba hacia el cielo, como buscando una salida a lo que pensaba.
Al pasar el tiempo, me llevo hasta tu casa. Una mansión hermosa. Cuando entre me quede boquiabierta. Había cristales por todas partes. Retratos de la carita inocente; colgados en la cocina, el comedor, los pasillos y entre la sala. No había retrato de familia. No quise preguntar. Me mantuve callada. Una mansión sin color, más que el rojo sobresaliente del vestidito inocente y los arreglos de las rosas que se encontraban dentro. Subimos las gradas que se dirigían hasta su cuarto. Polvósas. Sin arreglos. Rechinaban al patearlas. Al llegar, nos paramos justo enfrente de la puerta. Sin color, más que una rosa en medio y la chapa dorada. Al abrirla, los rayos del sol penetraban por los ventanales. Brillaban las rosas, como demostrando su delicadeza para tocarlas. Estaban por todas partes: en las mesas, tocadores, hasta en la cama. Sentía penetrar el olor por mis poros. Pareciese que nadie durmiera allí. Ella solo me miraba.
-¿Quieres dormir?- preguntaste.
– Así estoy bien, gracias- respondí. Se puso seria.
– ¿Quieres jugar?- volvió a preguntar. Me tomo de la mano, me paró frente a la ventana y dijo que cerrara mis ojos.
Abrí mis ojos. Estaba en otro cuarto. Un olor a viejo, se me hacia muy conocido. Sabía que había ahí, pero a la vez no. Ella no estaba. Caminé. Abrí un cofrecito que se encontraba en un tocador. Una medallita en forma de corazón, de oro, encontré. El aspecto era demasiado familiar, de la medallita. Sabía que era mía, pero a la vez no. Abrí el corazón habían dos retratos. Mi mamá y mi papá. Recordé que esa medalla la había perdido. Llore por ella en mi infancia. Aún la seguía extrañando.
Escuche la niña subir los escalones. Coloqué el relicario en mi cuello. Llego al cuarto en el que estaba. Vio mi pecho. Caminó. Me tomó de las manos y me las apretó con mucha fuerza, sentía que me quebraba los dedos. La empujé. Estaba enfurecida la carita inocente. Salí corriendo, antes de llegar a las gradas, tomó la medalla contra mi pecho subió su puño hasta mi garganta y me contramino contra la pared. Hablaba conmigo por sus ojos, diciéndome: - de aquí no te llevas nada-, pero mientras la miraba, me miraba a mí. Era yo. Mi infancia se reflejaba mucho. La soledad y las ansias de jugar. Tener la suavidad y la delicadeza de las rosas, era el amor que apaciguaba mi soledad en aquellos instantes de mi vida. Ella bajó sus manos hasta mis brazos y empezó aruñarme. Era lo más valioso que contenía y no podía quitárselo. Era mío. Sentía el ardor de sus uñas. Cerré los ojos y desperté.
Dejó una marca en mí. Desde esa noche recuerdo lo sucedido. La expresión de su cara. La nostalgia del recuerdo han vivido desde esa noche. Esa noche retorné a mi olvido.
q bonito este cuento me gusto mucho , bien redactado :) te felicito
ResponderEliminarEs un excelente texto. ami me atrapo el titulo y ese es un buen comienzo para que se motiven a leerlo.
ResponderEliminarMe gustó mucho.
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