
miércoles, 7 de julio de 2010
Teresa Serena

Un recuerdo en la banca

Mostrar para pagar

Maquillaje gastado. La noche apenas empieza. Dejó pasar dos carros. Sus ojos cubiertos con lentes de contacto. Cubriendo la tristeza de su ser. Sus labios pintados de color más rojo que la misma sangre. Su cabello tinturado de rubio, simulando tapar los cabellos blancos. Su rostro se nota muy cansado. Tenía el escote más abierto, mostrando sus pechos redondeados, bien puestos y resaltados. Su camisa, que ni siquiera llega a la parte del abdomen. Su falda, una cuarta de tela, hace que se muestren sus glúteos. Ya no aguanta más sus tacones .Espera una buena propina. Cada vez que pasa un carro, su coqueteo es atractivo. Abre sus piernas de una manera extravagante para los hombres.
Son casi la una y quince de la madrugada. Un carro la recoge. La llevan sin destino. Al siguiente día, sin saber a dónde amanece toma rumbo hacia su pequeño departamento, sus hijos la esperan, dormidos. Tiene que llegar a prepáralos para la escuela. Ellos esperando recibir una mesada. Cansada, su rostro ya sin maquillaje, muestra sus arrugas. María. 46 años de edad. Madre soltera. Trabaja como sirvienta en uno de los restaurantes del centro, en el día. Le toca andar barriendo, recogiendo los platos, y a veces hasta servir la comida. Su descanso aun no llegas, hasta las cuatro y media de la tarde. La hora de la salida. Al llegar a su casa, Maria, toma su tiempo para relajarse, hablando con sus pequeños antes de tomar una siesta. Duerme.
Ya se va siendo la hora de levantarse. Las siete de la noche. Se levanta a preparar la cena a sus pequeños. Sirve la cena. Deja a los niños cenando mientras ella se ducha. Sale de la regadera. Va directo al comedor a ver si los pequeños han terminado de comer. Los lleva directo a su cuarto para que duerman. Se despide con besos y abrazos. Sus hijos aun no entienden el trabajo de su madre, pero son sabedores del trabajo nocturno que tiene.
Se dirige a su cuarto. Arregla su cabello. Se maquilla. Vuelve a buscar su ropa nocturna: los escotes, la falda, sus tacones. El bolso que nunca falta con los chicles, los condones, por si algún cliente se le olvida. El lápiz labia rojo sangre. Una chaqueta, que la cubre hasta las rodillas para salir del apartamento. Hasta que llega a su trabajo: la esquina, se la quita. Siempre deja pasar los carros que no le ofrecen una buena propina.
En las noches de frió, es donde más clientes tiene. Y si es viernes o sábado aun mejor. La propinas son buenas, pero no es lo suficiente para ella, ya qué toca pagar el alquiler, comprar la comida y otras cosas. A veces es difícil los otros días de la semana, casi no es muy movido. Toma el riego de estar en la esquina, ya qué, siempre anda patrullando la policía, y cuando la ven, tiene que salir corriendo. Los gritos de la sirena hacen temblar las piernas para correr y ponerse a salvo. Además, María, no sabe de tener un control de exámenes de cáncer y del SIDA, pues qué, tiene miedo. Un miedo de salir positiva y pensar lo que pasaría con sus hijos.
Pero así es la vida. Se sufre y se gana. Se lucha y se sale adelante. Así es la vida de María. Todas las noches espera en el parque centenario. La competencia es extremadamente dura. Muchas mujeres de la talla de María, suelen tener la misma historia.
Memoria de una tarde

Chaqueta negra. Ojos hundidos, un par de lentes graduados resguardan sus ojos. La tristeza invade su mente, las rejas el tope de su vida. Un morete en su mejilla izquierda, labios gruesos, una barba creciente, nariz aguileña. Un cuerpo delgado, moreno. Calzado tamaño 8. Estatura de
Lo apodaban: El lobo. Nunca revelaba su identidad. En su mesa de noche hay tres cigarros franceses. En su celda obscura él divaga en su mente el día en que al fin saldrá de libertad. Se fuma un cigarro cada vez que piensa en su familia todas las noches. Hace la misma pregunta: ¿Por qué putas me metí a la mara?
Cigarrillo a la mitad, con el humo disperso en su habitación para calmar los malos olores que vienen desde los baños. Ese maldito olor que no lo deja tranquilo por las noches. Espera sereno la llegada de un nuevo día.
“Homies” a su servicio le dan el celular, 2 simples llamadas para dar indicaciones precisas sobre a quién asesinarán. –No cometan errores, perros, que sino cuando salga de esta mierda, yo mismo me encargaré de matarlos, pendejos- palabras que salen de sus labios gruesos.
Encerrado en su habitación, dejando que el tiempo pase. Tranquilo, espera la hora del partido. A las 3 de la tarde se abren los portones del patio de recreo. Siete contra siete se reúnen en una cancha improvisada, una pelota y dos metas, que unos homies hicieron en los talleres que se dentro del penal se imparten. Cortinas de humo se levantan por cada barrida que se hace. No hay calidad en el juego, pero para divertirse un rato con los homeboys no hay mejor lugar en el día, que la hora del partido.
viernes, 2 de julio de 2010
Paraíso destruido
miércoles, 30 de junio de 2010
La última palabra

De:DiegoZelada (zelada_85@hotmail.com)
Enviado: lunes 23 de abril 11: 42 p.m.
Para:ValentinaRodríguez (princesa_vale@hotmail.com)
Enviado: viernes 28 de abril 7:
Para: Diego Zelada (zelada_85@hotmail.com)
Enviado: sábado 29 de abril 12:38 a.m.
Para: Valentina Rodríguez (princesa_vale@hotmail.com)
Enviado: Viernes el 5 de mayo 7:20 a.m.
Para: Diego Zelada (zelada_85@hotmail.com)
De: Diego Zelada (zelada_85@hotmail.com)
Enviado: sábado el 6 de mayo 11: 49 p.m.
Para: Valentina Rodríguez (princesa_vale@hotmail.com
Enviado: sábado el 6 de mayo 11: 59 p.m.
Para: Diego Zelada (zelada_85@hotmail.com)
Enviado: domingo 7 de mayo 8: 37 p.m.
Para: Diego Zelada (zelada_85@hotmail.com
Enviado: lunes el 8 de mayo 7:
Para: Diego Zelada (zelada_85@hotmail.com)
martes, 29 de junio de 2010
Cristales sin color
Al despertar, estaba asustada. Tenía aruñones en mis brazos. ¿Qué sucedió? Recuerdo que éramos mejores amigas. Desde cuándo. No lo sé, pero pasamos un buen tiempo juntas. Jugábamos en el jardín. Lleno de rosas rojas. Era hermoso. Se miraba hermosa entre ellas. Su carita inocente me traía recuerdos en el instante y se me hacía muy parecida.
Mientras caminábamos, le hablaba de mis cosas. Problemas. A pesar de su edad me entendía. Ella al hablarme me daba un poco de miedo. Entre las pláticas al sentarnos en la grama se puso seria. Como que si la grama hablase para criticarnos. Hacía pausas muy largas cuando hablabas. Tocaba su vestido rojo, como diciendo sin saber de lo que habla. Miraba hacia el cielo, como buscando una salida a lo que pensaba.
Al pasar el tiempo, me llevo hasta tu casa. Una mansión hermosa. Cuando entre me quede boquiabierta. Había cristales por todas partes. Retratos de la carita inocente; colgados en la cocina, el comedor, los pasillos y entre la sala. No había retrato de familia. No quise preguntar. Me mantuve callada. Una mansión sin color, más que el rojo sobresaliente del vestidito inocente y los arreglos de las rosas que se encontraban dentro. Subimos las gradas que se dirigían hasta su cuarto. Polvósas. Sin arreglos. Rechinaban al patearlas. Al llegar, nos paramos justo enfrente de la puerta. Sin color, más que una rosa en medio y la chapa dorada. Al abrirla, los rayos del sol penetraban por los ventanales. Brillaban las rosas, como demostrando su delicadeza para tocarlas. Estaban por todas partes: en las mesas, tocadores, hasta en la cama. Sentía penetrar el olor por mis poros. Pareciese que nadie durmiera allí. Ella solo me miraba.
-¿Quieres dormir?- preguntaste.
– Así estoy bien, gracias- respondí. Se puso seria.
– ¿Quieres jugar?- volvió a preguntar. Me tomo de la mano, me paró frente a la ventana y dijo que cerrara mis ojos.
Abrí mis ojos. Estaba en otro cuarto. Un olor a viejo, se me hacia muy conocido. Sabía que había ahí, pero a la vez no. Ella no estaba. Caminé. Abrí un cofrecito que se encontraba en un tocador. Una medallita en forma de corazón, de oro, encontré. El aspecto era demasiado familiar, de la medallita. Sabía que era mía, pero a la vez no. Abrí el corazón habían dos retratos. Mi mamá y mi papá. Recordé que esa medalla la había perdido. Llore por ella en mi infancia. Aún la seguía extrañando.
Escuche la niña subir los escalones. Coloqué el relicario en mi cuello. Llego al cuarto en el que estaba. Vio mi pecho. Caminó. Me tomó de las manos y me las apretó con mucha fuerza, sentía que me quebraba los dedos. La empujé. Estaba enfurecida la carita inocente. Salí corriendo, antes de llegar a las gradas, tomó la medalla contra mi pecho subió su puño hasta mi garganta y me contramino contra la pared. Hablaba conmigo por sus ojos, diciéndome: - de aquí no te llevas nada-, pero mientras la miraba, me miraba a mí. Era yo. Mi infancia se reflejaba mucho. La soledad y las ansias de jugar. Tener la suavidad y la delicadeza de las rosas, era el amor que apaciguaba mi soledad en aquellos instantes de mi vida. Ella bajó sus manos hasta mis brazos y empezó aruñarme. Era lo más valioso que contenía y no podía quitárselo. Era mío. Sentía el ardor de sus uñas. Cerré los ojos y desperté.
Dejó una marca en mí. Desde esa noche recuerdo lo sucedido. La expresión de su cara. La nostalgia del recuerdo han vivido desde esa noche. Esa noche retorné a mi olvido.