
Maquillaje gastado. La noche apenas empieza. Dejó pasar dos carros. Sus ojos cubiertos con lentes de contacto. Cubriendo la tristeza de su ser. Sus labios pintados de color más rojo que la misma sangre. Su cabello tinturado de rubio, simulando tapar los cabellos blancos. Su rostro se nota muy cansado. Tenía el escote más abierto, mostrando sus pechos redondeados, bien puestos y resaltados. Su camisa, que ni siquiera llega a la parte del abdomen. Su falda, una cuarta de tela, hace que se muestren sus glúteos. Ya no aguanta más sus tacones .Espera una buena propina. Cada vez que pasa un carro, su coqueteo es atractivo. Abre sus piernas de una manera extravagante para los hombres.
Son casi la una y quince de la madrugada. Un carro la recoge. La llevan sin destino. Al siguiente día, sin saber a dónde amanece toma rumbo hacia su pequeño departamento, sus hijos la esperan, dormidos. Tiene que llegar a prepáralos para la escuela. Ellos esperando recibir una mesada. Cansada, su rostro ya sin maquillaje, muestra sus arrugas. María. 46 años de edad. Madre soltera. Trabaja como sirvienta en uno de los restaurantes del centro, en el día. Le toca andar barriendo, recogiendo los platos, y a veces hasta servir la comida. Su descanso aun no llegas, hasta las cuatro y media de la tarde. La hora de la salida. Al llegar a su casa, Maria, toma su tiempo para relajarse, hablando con sus pequeños antes de tomar una siesta. Duerme.
Ya se va siendo la hora de levantarse. Las siete de la noche. Se levanta a preparar la cena a sus pequeños. Sirve la cena. Deja a los niños cenando mientras ella se ducha. Sale de la regadera. Va directo al comedor a ver si los pequeños han terminado de comer. Los lleva directo a su cuarto para que duerman. Se despide con besos y abrazos. Sus hijos aun no entienden el trabajo de su madre, pero son sabedores del trabajo nocturno que tiene.
Se dirige a su cuarto. Arregla su cabello. Se maquilla. Vuelve a buscar su ropa nocturna: los escotes, la falda, sus tacones. El bolso que nunca falta con los chicles, los condones, por si algún cliente se le olvida. El lápiz labia rojo sangre. Una chaqueta, que la cubre hasta las rodillas para salir del apartamento. Hasta que llega a su trabajo: la esquina, se la quita. Siempre deja pasar los carros que no le ofrecen una buena propina.
En las noches de frió, es donde más clientes tiene. Y si es viernes o sábado aun mejor. La propinas son buenas, pero no es lo suficiente para ella, ya qué toca pagar el alquiler, comprar la comida y otras cosas. A veces es difícil los otros días de la semana, casi no es muy movido. Toma el riego de estar en la esquina, ya qué, siempre anda patrullando la policía, y cuando la ven, tiene que salir corriendo. Los gritos de la sirena hacen temblar las piernas para correr y ponerse a salvo. Además, María, no sabe de tener un control de exámenes de cáncer y del SIDA, pues qué, tiene miedo. Un miedo de salir positiva y pensar lo que pasaría con sus hijos.
Pero así es la vida. Se sufre y se gana. Se lucha y se sale adelante. Así es la vida de María. Todas las noches espera en el parque centenario. La competencia es extremadamente dura. Muchas mujeres de la talla de María, suelen tener la misma historia.
Muy apegada a la realidad. Muy buenos post, me encantan, sigue así. Felicidades.
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