miércoles, 7 de julio de 2010

Un recuerdo en la banca


Diadema negra. Cabello rizado color castaño. Usa su vestido blanco. Siempre lleva con ella la medalla de la virgen de cobre. Patronita de cuba, a quien considera como su amor eterno. Tiene un olor dulce, siempre queda penetrado en cada paso en que ella da..Usa sus zapatos adoc ochenteros. Sus paso la hacen como bailar en el tiempo, como que los segundos fueran eternidad , mientras camina hacia la plaza. Camina lentamente retando al tiempo, atraviesa la plaza. Sacando de su bolsillo migajas de pan las tira al aire para alimentar a las aves que se encuentran ahí. Lentamente llega a una banca. Saca una servilleta de la otra bolsa, limpia la banca para no ensuciar su hermoso vestido blanco. Se sienta y levantando la mirada observa el cielo. Un cielo hermoso, con nubes que se desplazan al compás del viento. Cerrando los ojos y tocando su medallita le da gracias a Dios y a su patronita por tenerla con vida a pesar de muchas dificultades que ha pasado. Serena, sigue lanzando las migajas de pan para alimenta a las aves.

Cada minuto pasa como los veranos de cada año. Una madre con sus tres hijos pasan por la plaza. El más pequeño, aproximadamente de unos siete años, la observa detenidamente, a la señora de cabellos rizados color castaño, sentada en la banca. El niño, con su mirada de inocente tiene una interrogante -¿ sonreír o quedarme serio?- La señora le responde con una tierna sonrisa. Una sonrisa de la verdadera historia y un gesto con la mano. El niño es halado por su madre, rápidamente le devuelve la sonrisa, mostrándole el diente que le hace falta, y con su otra manita le devuelve el saludo. Un hola y adiós de dos generaciones muy diferentes.

Sentada en la banca, como esperando a su amor, al que siempre esperaba por las tardes en su juventud en el mismo banco, su mente revive los recuerdos de la vez en que lo conoció. Ella salía de su casa a caminar. Caminaba y caminaba sin rumbo después de tomar el té. Una vez llego a la plaza, felizmente miraba el panorama de las casas hermosas que se encontraban en el alrededor. En eso un caballero de silueta alta, con una chaqueta color verde olivo. Camisa blanca, corbata negra y una boina. Vio como se paraba frente a ella, viendo su rostro precioso y delicado, con un sombrero elegante y un vestido blanco resplandeciente. Recuerda aquella tarde hermosa y delicada de verano como la tarde inolvidable, como la tarde en que encontró a su amor perfecto, un amor que en un viaje de barco solo fue miradas y después en carne propia. Sentía entre sus venas el calor y amor de aquel hombre que la hizo sufrir en el barco. Un barco al que le pertenecía a ella. Un barco donde solo el fuego del amor hizo que viviera este hombre. Ella le enseño la existencia del amor.

A pesar que muchos hombres lo atacaban. Muchos intentos de matar a su amor, fue en vano. Hasta que en ese instante volvieron a presentarse. Él saludo primero, la tomo de sus delicadas manos y dijo - mucho gusto, Fidel Castro- con un apretón, beso sus manos, mientras ella respondía con vos cortada- mucho gusto, Marita Lorenz-.



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